D. DOMINGO HERRERA DE LA CONCHA Y MIERA (2).
En la anterior entrada sobre Domingo Herrera de la Concha, le presentaba en los siguientes términos: Domingo Herrera de la Concha nació en la localidad de Vega de Villafufre (Cantabria) a finales del siglo XVI en el seno de una familia hidalga. Era hijo de Pedro Herrera de la Concha y sobrino del capitán Juan de Herrera. Muy joven, se trasladó a Madrid, donde comenzó a servir en la casa del Conde Duque de Olivares como ayuda de cámara, veedor, despensero y botiller. Posteriormente, entró al servicio de la Cámara de Felipe IV como ujier.
Ayuda de Cámara: Criado de confianza o asistente personal cercano al noble o monarca. Su labor principal era cuidar del vestuario, peinado y aseo personal del señor, teniendo acceso directo a sus habitaciones privadas (cámara).
Veedor: Funcionario encargado de inspeccionar, registrar o controlar el cumplimiento de normas, obras o bastimentos (provisiones) en casas grandes o en la administración pública. Históricamente, en la monarquía hispánica, actuaban como visitadores o inspectores para asegurar la calidad y honestidad en el servicio o en el aprovisionamiento de las tropas.
Despensero: Persona encargada de la despensa de un palacio, casa grande o institución. Tenía la responsabilidad de custodiar los alimentos, gestionar la compra de víveres y asegurar el suministro para la cocina.
Botiller: Funcionario o criado responsable de la "botillería", es decir, el lugar donde se guardaban las bebidas, licores, frutas, hielo y, a menudo, los dulces. Era un cuidadoso gestor de los suministros de bodega y refrescos.
Es fácil de entender que los comienzos de Domingo en la corte serían difíciles. Parece ser que junto a su primera mujer Catalina González iniciaron su actividad económica con la instalación de una despensa frente al Convento de San Gil y según relata Inés Fernández de Villaverde, criada de la Duquesa de Olivares: “que hacía cuarenta años que conocía a Domingo y a su mujer, que fue despensero del Conde Duque, que tenía la despensa frente a San Gil y que vendían en ella, vino caro, perdices y perniles y asistía a vender su mujer, hasta que tuvieron caudal y se metieron a tratar con las Indias”.
En 1625 aparece en las nóminas de la casa ducal como ayuda de cámara y tenía de salario un pan, una libra de carnero, media azumbre de vino y doce maravedís. En 1636 es ya veedor y sigue en servicio de la casa al ocurrir la muerte del Duquesa doña Inés de Velasco, dispuso en su testamento lo siguiente: “Ítem ordeno al administrador de mis bienes que conserve sus raciones a todos los criados de escalera arriba por toda la vida y a los de escales abajo por espacio de tres meses”. Gracias a esto disfrutó de ciento seis maravedís de ración diaria vitalicios, que comenzó a disfrutar desde el 11 de septiembre de 1647, fecha inmediata a la del fallecimiento de la duquesa.
Retrato de Gaspar de Guzmán, atribuido a Diego Velázquez (1624), Museo de Arte de São Paulo.
Domingo solía acompañar al Conde-Duque a palacio, donde conoció a los secretarios del rey Felipe IV. Conoció a don Juan de Tapia, regidor más antiguo de Madrid y a su hermano, don Gregorio de Tapia. Junto con este último participó en el negocio de la cría, selección, doma y mantenimiento de los caballos de guerra, en donde ganó mucho dinero. Después comenzó a hacer negocios en las Indias siendo cambiador, dando letras y pagándolas. Los negocios en las Indias le llevó a ser apoderado de muchos de sus paisanos allí residentes y de personas que le confiaban la gestión de sus asuntos, lo cual convirtieron su casa en una verdadera banca.
Como consecuencia de estas amistades, alcanzó el puesto de Ujier de Cámara de S. M. Felipe IV, con el gaje de casa de aposento. Este cargo no solo conllevaba un sueldo, sino también beneficios importantes como la concesión de alojamiento (gaje de casa de aposento), así como la cobertura de gastos médicos y farmacéuticos por parte de la Casa Real.
OBLIGACIONES DEL UJIER DE CÁMARA :
• Asistir a las puertas de la antecámara del Monarca, desde las ocho de la mañana en invierno y desde las siete en verano, donde permanecerán hasta después de la comida del Rey y de que éste haya salido de la citada estancia, así como el Mayordomo Mayor y el de Semana, para después despejarla y cerrarla; regresando a su lugar a las dos en invierno y a las tres en verano hasta que haya concluido la cena del Soberano, y salido el Monarca, el Mayordomo Mayor y el Semanero, despejando la sala y cuidando que los candeleros sean recogidos por la Cerería.
• Vigilar que solo entren en la antecámara y antecamarilla las personas que están autorizadas a tal efecto:
.-Embajadores que esperan al Rey en la antecamarilla, para acompañarle cuando éste sale a la Capilla.
.- Grandes que entran por estas puertas hasta donde les corresponde.
.- En la antecámara Gentileshombres de la Boca, Títulos, Caballerizos, Pajes, Tenientes de las Guardas, Alcaldes de Casa y Corte, el Ayo de los Pajes o su Teniente cuando viene con ellos. Cuando vuelven de la Capilla acompañando al Monarca entran en la antecamarilla los Títulos de toda la Monarquía y del Imperio cuando lo tienen concedido por el Monarca Católico.
• Debía velar por el buen orden y el respeto en las citadas estancias, cuidando especialmente que nadie se cubriera ni pasara delante del dosel, en la antecámara, y dando cuenta de cualquier incidente al Mayordomo Mayor o al de Semana.
Retrato de Felipe IV, por Velázquez. National Gallery de Londres
Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, más conocido como el Conde-Duque de Olivares, valido del Rey Felipe IV de España, se encontraba un frío 23 de enero de 1643 en sus aposentos del Real Alcázar quemando los documentos de gobierno que pudieran comprometerlo. Recogió sus últimas pertenencias y se dispuso a abandonar la residencia de los Reyes de la Casa de Austria, que también había sido la suya durante veintidós años.
Quien había regido los destinos de la monarquía más poderosa del mundo, salía a hurtadillas por una escalera secreta para evitar afrentas, insultos y posibles vejaciones de la multitud que le aguardaba en la puerta principal, esa que tantas había traspasado provocando en todos los que le rodeaban un temor que brotaba de su inmenso poder como válido y de su arrolladora personalidad.
Cuando llegó a la cima del poder se encontró con un reino en bancarrota, corrompido y en manos de una legión de funcionarios ineptos e incompetentes. Las finanzas eran un caos y el sistema fiscal, injusto. La situación era todavía peor porque las remesas de plata de América comenzaban a descender. Se alzaban voces pidiendo reformas económicas, políticas, sociales, morales y de costumbres para acabar con la evidente decadencia y declinación de la monarquía.
Para llevar a cabo todas estas reformas y desarrollar una política exterior que garantizara la hegemonía de la Monarquía Hispánica, recogió todo esto en un plan estratégico que se conoce con el nombre de Gran Memorial de 1624, un auténtico programa de actuación para un largo período de tiempo.
El año 1640 fue trágico y el Conde-Duque vio cómo toda su política se desvanecía ante sus ojos. El sueño de grandeza que proponía Olivares se fue desvaneciendo a cada paso. La decadencia y ruina de España era un hecho, y también el declive físico del Conde-Duque era evidente.
Estos hechos provocaron la pérdida de todo crédito político y, por tanto, el Rey que lo había sostenido durante tanto tiempo decidió destituirlo y le ordenó que se alejara de la Corte en el año 1643. Se retiró en busca de tranquilidad a su señorío de Loeches, pero estaba demasiado cerca de Madrid, así que el mismo Rey lo desterró a un lugar más alejado, a Toro, donde murió en 1645. Fue enterrado junto a su esposa en un convento fundado por él mismo en Loeches.
La herencia que dejó Olivares fue bastante peor que la que recibida cuando se hizo cargo de la dirección de los asuntos de Estado. Su deseo era devolver el esplendor y la reputación de antaño a la
Monarquía que encarnaba Felipe IV, al que hizo llamarse el Grande, y lo que consiguió fue acelerar su decadencia, agotamiento y declive final.
Pero el 18 de febrero, sin cumplirse un mes de su salida de Madrid, circuló por la Corte y llegó a sus manos el Memorial del oidor don Andrés de Mena, en el que con su firma responsable de Oidor, y sin bajezas de sátira de arrabal, se sistematizaban los principales cargos en contra suya, que corrían de boca en boca y algunos más. Se adivinaba, claramente, que a la pluma de Mena la movía el odio implacable de los Grandes, decididos a rematar al caído.
Y la paciencia del Conde Duque se acabó. Una vez más reaccionó desde el fondo de su depresión. Llamó a Francisco de Rioja, escritor amigo del Conde y su bibliotecario y pusieron manos a la obra en un opúsculo de defensa, que se llamó El Nicandro. Allí veremos que, si los Grandes salieron de la polémica que se entabló más malparados que el Conde-Duque, consiguieron, por lo menos, alejar al enemigo de Madrid, trasladando su destierro a Toro. La indiferencia y resignación con que había acogido hasta entonces el Conde-Duque los ataques del pueblo desaparecieron ante el Memorial de Mena, probablemente, repito, porque adivinó la mano oculta que le movía. Se decidió a contestar, y en unas cuantas semanas se elaboró y publicó El Nicandro, que recorría Madrid, entre un escándalo estrepitoso, en mayo del mismo año de 1643.
Este documento, es una cumplida respuesta a todos los cargos que le dirige el Memorial de Mena. En el se afirma que todos sus actos de gobierno se hicieron con el conocimiento y la aprobación —y muchas veces bajo el mandato— del Rey; por lo cual, lo que pudiera haber en ellos de culpa no puede en justicia echarse sobre la cabeza del ministro, sino que los dos tienen que compartir por igual la responsabilidad. Sin embargo, el Rey, en realidad el más gravemente ofendido por El Nicandro, no se dio por enterado. Los Grandes de Castilla, en cambio, «se sintieron picados muy en lo vivo» y armaron gran alboroto, reuniendo juntas y conminando al Rey para que los vengase.
Queda ahora por discutir quién fuera el autor directo y el inspirador del discutido documento. Fue éste entregado al Rey, en persona, por Don Juan de Ahumada, que era maestro de Don Juan José de Austria, hijo ilegítimo de Felipe IV. Le prendieron y se declaró autor del escrito. Este Ahumada había sido jesuita y se salió de la congregación. El Conde-Duque le protegió, y le dio el puesto de preceptor cerca del hijo bastardo del Rey.
Los jesuitas dan noticia de estos hechos de la siguiente manera: “S.M. ha mandado recoger el papel por perjudicial, y mandó al presidente del Consejo de Castilla que hiciese averiguación de quién le había hecho... es según dicen un licenciado Ahumada, que fue de la provincia de Andalucía y salió de la Compañía... A este, se dice, llamó el presidente, y le preguntó si era suyo el tal papel. Respondióle que sí..., que cómo se había atrevido a sacar un papel tan desacertado, y respondió que el celo que tenía de ver padecer la reputación del Conde Duque, su señor, a quien debía todo lo que era, le había movido a recogerse y juntar lo que tenía observado de los grandes servicios que el conde duque había hecho a S.M. y a esta corona, para desengañar a los que con siniestras relaciones le habían desacreditado”.
El ex jesuita Ahumada, que había sido nombrado preceptor de don Juan José de Austria durante los buenos tiempos de Olivares, es ahora encarcelado, y la Inquisición ordena retirar el Nicandro. Pese a ello, muchos ejemplares siguieron circulando. Una falta de rigor inquisitorial gracias a la labor del padre Salazar, siempre agradecido a Olivares, y él mismo, no olvidemos, inquisidor.
La mayoría de las opiniones señalaron entonces a Don Francisco de Rioja, el amigo y escritor de cámara de Olivares, como redactor de El Nicandro. A Rioja lo atribuyeron desde el primer momento los jesuitas, y también a el Padre Ripalda, de la Compañía de Jesús y confesor del Conde Duque. Estos dos hombres lo imprimieron y lo dejaron correr, si bien con riesgo de algunos más que anduvieron en la manufactura.
En lo referente al Memorial del oidor don Andrés de Mena se consideró como autor indudable al dicho Don Andrés de Mena, aunque éste, lo negó, echando la culpa a un hijo suyo, fraile. El pobre Mena, el oidor, el que había defendido a los Grandes y al Rey y al Papa contra el Conde-Duque, tuvo que pagar 500 ducados, se le envió a servir a Oran durante seis años y se le desterró del Reino para otros cuatro más. Y a Diego de Gradille, que había impreso y propagado este Memorial de Mena, se le hizo pagar 400 ducados y se le desterró del Reino durante diez años. La sentencia es, sin duda, la mejor prueba de que los altos poderes del Estado seguían estando, decididamente, de parte del Conde-Duque.
En cuanto a El Nicandro, el presidente del Consejo de Castilla llamó a don Juan de Ahumada, que reiteró su declaración de único responsable de la redacción e impresión, dando como causa «el no poder ver padecer la reputación del Conde-Duque, su Señor, a quien debía todo lo que era». El quijotesco preceptor dio con sus huesos en la cárcel, pero la justicia no se dio por satisfecha, y nombraron juez de la causa al alcalde de Corte Don Antonio de Robles.
También se buscó a quien probablemente tenía menos culpa, al impresor, un tal Mateo Fernández, y se le prendió por haber tirado el papel sin licencia, aunque en su declaración alega que pidió permiso al alcalde Lezama y que éste se lo dio. Fue preso también el alcalde; pero no hay que decir, dada la justicia de aquellos tiempos, que inmediatamente le devolvieron la libertad.
Alguien se puede preguntar ¿Qué tiene que ver Domingo Herrera de la Concha en todo esto?
La siguiente imagen corresponde al inicio del documento: “Querella de el Fiscal del Consejo Real contra Domingo de Herrera, criado de su majestad por su papel que se imprimió en defensa del señor Conde Duque”.
Prendieron asimismo a Domingo Herrera, botiller del Conde y criado del Rey, que había andado en la impresión y en el reparto de los papeles.
Se hizo intervenir a la Inquisición, con pretexto de que las citas de los libros sagrados que abundan en El Nicandro eran impropias, y esto, ante el populacho, dio cierto acento terrible a la persecución. Pero, en realidad, el cielo inquisitorial se empleó sólo en la captura y recogida de los impresos.
Los inculpados de menor categoría fueron juzgados por los Tribunales ordinarios y en julio del mismo año de 1643 hizo la acusación el fiscal del Consejo, licenciado Don Juan de Morales y Barrionuevo, caballero de Alcántara. Esta acusación, muy desvaída y vulgar, se limita a rebatir las acusaciones de El Nicandro y a hacer resaltar —los recursos de siempre de la justicia oficial— el antipatriotismo de sus autores. Deja al Conde-Duque, a Rioja y a Ripalda como al margen de toda culpabilidad y pide que se condene al impresor Fernández y al botiller Domingo Herrera de la Concha. En la sentencia se ve que a Domingo Herrera, el propagador de El Nicandro, sólo se le desterró durante dos años; a Fernández, el impresor, se le condenó no más que a pérdida de sus instrumentos, y a Ahumada, a la destitución de su puesto de preceptor de Don Juan de Austria. Nada más.
BIBLIOGRAFÍA:
Monarquía y mecenazgo: Velázquez. Oficios palatinos. https://www.auladade.com/wp-content/uploads/2020/12/Monarquia-y-mecenazgo-Clase-11-Velazquez.-Oficios-palatinos.pdf
Iconografía Funeraria Montañesa. Los Herrera de la Concha del Convento de la Canal. El Marqués del Saltillo. La Revista de Santander 1931.
Don Domingo Herrera de la Concha y Miera, Señor de la Villa de Villasana - Marcial Solana. APORTACIÓN AL ESTUDIO DE LA HISTORIA ECONÓMICA DE LA MONTAÑA. Banco de Santander 1857-1957.
El Conde-Duque de Olivares. Un poder sin autoridad. Salvador Rus, Profesor de Historia del Pensamiento y Director de la Cátedra de Empresa Familiar de la Universidad de León.
Memoriales y cartas del Conde Duque de Olivares. John H. Elliott. José F. De la Peña.
El Conde Duque de Olivares. La Pasión de Mandar. Gregorio Marañón.
ASOCIACIÓN GASPAR DE GUZMÁN CONDE DUQUE DE OLIVARES. Gaspar de Guzmán y Pimentel. Conde Duque de Olivares
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