EL VALLE DE LOS PÁJAROS
Hoy me tomo la libertad de hacer un pequeño homenaje a mi padre. Esta semana hubiera cumplido 100 años. Entre sus escritos, recuerdo que hace muchos años escribió un cuento para sus nietos. Pues bien he encontrado el texto y hoy lo comparto con vosotros.
EL VALLE DE LOS PÁJAROS
Para mis nietos
I.-
Comenzaba tranquila y apacible aquella mañana del mes de mayo. El relente y el frescor de la mañana no era obstáculo para que ellos caminaran diligentes y animosos, el sol nacía ostentoso y distraído por los altos picachos de la sierra, que lejanos, se perdían por el horizonte.
Nunca se habían levantado tan temprano, pero si habían oído decir que cuando el sol estaba en ese punto eran las siete y así lo creyeron ellos. El pueblo comenzaba a despabilarse y por algunas bocacalles aparecían hombres con azadas al hombro y otros utensilios de labor caminando lentos y adormecidos a sus puestos de trabajo; quedando extrañados, de ver a dos chicos de esa edad a horas tan intempestivas. Las campanas de la iglesia repicaban con regocijo llamando a misa del alba, a la que acudían jóvenes y viejas, unas con pañuelos a la cabeza y las más frioleras con mantos de lana, que por no ser menos que los labriegos también los observaban con atención pensando por qué dos chiquillos andaban a esas horas por la calle.
II.-
Luis y Pedro eran amigos desde pequeños y siempre se encontraban muy unidos por una amistad de la que disfrutaban desde niñitos y no sabían estar el uno sin el otro. Sus madres también lo eran y gozaban de esa amistad todo el tiempo que les permitía sus quehaceres además, se contaban todas sus cosas, a lo que ellos aducían como “chismes de mujeres”, pero la verdad era que se sentían orgullosas que fueran buenos hijos y no les dieran disgustos.
Luis era un poco espigado, alegre y por lo tanto extrovertido. Pedro era un poco más bajo, inteligente y algo más serio; rozaban los nueve o diez años de edad y esta diversidad de caracteres, más que un obstáculo era base para que fueran buenos compañeros; pero era obvio, que no les gustase alternar también con los demás, muchos de su edad, clase y juegos.
Un día entre las muchas cosas que alborotaban sus cabezas, y no por una razón especial, acordaron entre ellos marcharse al campo un sábado, que no era día de clase, con comida y todo lo necesario para esta jornada, a sabiendas que sus madres se lo pondrían muy difícil. Pasado algún tiempo, considerando lo imprevisible de su capricho se decidieron a consultárselo y entre valentones y temerosos las dijeron —¡Mamá ya somos mayores y mañana pensamos irnos de excursión al campo.— Se quedaron atónitas, asombradas, con cara de bobas. No creían lo que oían. ¡Pero si nunca se habían separado de sus faldas! Era increíble. Se miraron sin saber que hacer ni que decir. La madre de Luis, consecuente y buscando la forma de quitarles esa idea de la cabeza les reprendió —Hijos míos vosotros no tenéis dos dedos de frente y pensáis, siendo niños, que sois hombres con derecho para hacer lo que os parezca sin ninguna responsabilidad. ¿quién os ha mentido esa idea en la cabeza?— argumentó la madre de Pedro, toda enfadada y mucho más nerviosa y enojada que la madre de Luis.—¡Todo esto es una locura, un imposible! —seguía gritando la madre de Pedro —¡Una barba…!
Trataron de tranquilizarse, ya que la discusión no se apaciguaba y de esta forma nunca se entenderían. Hubo una pausa. Por fin sus hijos mucho más tranquilos las dijeron —Mamá no pensamos hacer nada malo, siempre hemos hecho y cumplido lo que vosotras nos ordenabais, nunca os hemos desobedecido, además, repitieron que no pensaban hacer nada que no estuviera bien.
Las madres abrumadas y todavía con los nervios a flor de piel, sin llegar a creérselo y, queriendo evitar un disgusto a sus hijos convinieron consultarlo con sus padres y ellos dirían qué se hacía. —¡Ellos decidirían! Así fue, y después de varias opiniones aceptaron; diciendo que sus hijos tenían edad para pasar un día de campo avalándoles su buen comportamiento. Al día siguiente, muy temprano salían de casa exultantes, pensando el día que les esperaba, pendientes como no, de los consejos y avisos de sus madres.
— Lleváis alimentos para desayunar y comer, no hacerse ni hacer daño a nadie, sed buenos chicos y ¡Por favor!, volved temprano. Os lo repetimos ¡Volved temprano!
Estaban pesarosas y no lo disimulaban, no admitían que sus hijos se fueran solos sin su custodia y sus padres estaban tan locos como ellos por concederles este capricho, era algo que no admitían. Salieron a la calle y desde la puerta los siguieron con la vista hasta que los perdieron tras una esquina. Las lágrimas acariciaban sus mejillas cuando entraron en sus casas y por dentro de sus almas rogaban. —¡Señor que no les pase nada! ¡Protégelos!
III.-
Daban las campanas sus últimos toques y ya hacía unos minutos que habían quedado atrás los labriegos y las devotas que acudían a oír misa. Se encontraban por las afueras del pueblo y su curiosidad carecía de límites por ver todo lo que sucedía ante sus ojos. En el portalón de una casa de labor los peones preparaban sus aperos y utensilios para la jornada de trabajo que se avecinaba; unas parejas de mulas centraron su atención que ya medio aparejadas movían las cabezas de arriba-abajo haciendo sonar sus campanillas como si los llamaran, y alguna que otra pateaban con fuerza el empedrado de la portada con las manos delanteras como si buscasen algo.— ¡Esto no lo había visto nunca! ¡Qué maravilla! Había una que tenía un lunar blanco en la frente y lo hacía más veces que la otras. —Es la más bonita de todas— dijeron y continuaron caminando.
Más adelante y un poco más abajo, un suceso análogo al anterior volvió a picar su curiosidad. De un corralón y por una de sus puertas un gran rebaño de ovejas, brusca y furiosamente, salía del redil enfrentándose torpemente y apretujándose unas con otras por ser las primeras en encontrarse fuera del corral; todas eran blancas, salvo seis o siete que eran negras, tenían un olor especial, fuerte y raro que llenaba todo el entorno. Los pastores las pusieron en marcha ayudados por los perros y algunas de ellas volvían la cabeza hacia atrás, balando continuamente,—Seguramente se han dejado allí sus corderitos — dijeron y, mirándose a los ojos se acordaron de sus madres. Los pastores azuzaban a los perros para que estas no quedaran rezagadas. Un perrillo, con cara de bueno, andaba alrededor del mayoral sin apartarse de él; un accidente lejano le había dejado una pata encogida y seca que no le impedía moverse con facilidad y viveza, lo que despertó un cariño de Pedro y Luis hacia el animal. Las siguieron un rato acompañándolas hasta que se perdieron por un atajo a su izquierda, envueltas todas ellas en una densa y espesa nube de polvo que las escondía de su vista perdiéndose a lo largo. Lejanas aún se percibían sus balidos, los ladridos de sus perros y las voces de los pastores.
IV.-
Había subido el sol un poco y sus rayos alumbraban con fuerza toda la campiña. Las alondras en lo alto saludaban un nuevo día que se presentaba feliz, desayunaron nerviosamente y sin perder tiempo se pusieron de nuevo en marcha buscando su aventura. Abandonaron el llano y subiendo repechos con trabajo se toparon con una empinada senda de canto rodado y matojos rastreros, la que afrontaron finalmente con coraje, y no pocos afanes, Ya arriba de la senda en todo lo alto apareció ante ellos algo que les llenó de asombro. ¿Era un sueño o un espejismo? No sabían explicarlo porque era inenarrable. Era un valle maravilloso y prolongado que se expandía a sus pies con todo su esplendor y arrogancia, la naturaleza desbordada había llenado de abundancia y plenitud todo el paisaje. Aquí estaba la mano del Creador.
El valle no era muy profundo pero si estrecho. Estaba circundado por airosas colinas que lo abrigaban del aire norteño y protegía de los fríos invernales. En sus laderas crecían infinidad de arbustos prevaleciendo la encina salvaje de hojas punzantes y verdosas que servía de sombra y protección a todos los animales que vivaqueaban por allí, más que a ninguno a conejos y perdices. Plantas de toda condición crecían por doquier; medicinales, olorosas y balsámicas, entre muchas: la manzanilla, el tomillo, el áloe, el ajenjo, el romero, el espliego y la aliaga; todas floreadas de amarillos, azules, blancos y rosáceos, coloreando y convirtiendo la floresta en un manto delicioso para la vista, que ellos no se cansaban de admirar por su originalidad.
Bajaban barranqueras de áspero y quebradizo suelo, haciendo arduo y difícil el caminar por ellas debido a la orografía peculiar y agreste del terreno, donde el escaramujo o rosal silvestre y el majuelo, de fruto rojo y agradable; la zarzamora, la frambuesa, con otras más, habitaban con llenura parte de la torrentera y más al fondo, abrazando al valle, en terrenos menos difíciles y agrestes, aunque si rudos, crecía el granado, el almendro de flores blancas y rosáceas, junto a la higuera milenaria y bíblica, añosa y vieja, de ramas retorcidas y largas, que como gigantes en apuros luchaban con furor y empuje contra zarzas punzantes y hierbajos que con henchimiento trataban de ahogarla.
Por saliente en lo alto del valle, de un desfiladero o cañón manaba abundantemente una corriente de agua dulce y clara que avanzaba con fuerza por el centro del mismo, restregándose entre guijarrillos y piedrecitas que brillaban con lustre con los rayos del sol. A sus lados un olmedo de troncos gordos y fuertes, altos como campanarios, sombreaban todo un espacio con sus copas anchas y espesas y, a sus pies, crecía un musgo suave y esponjoso que floreaba de tonos multicolores parte de la espesura. Corriente abajo el riachuelo vaciaba en una laguna y en sus humedales crecían con prioridad, entre otras muchas plantas, sobre todas el junco florido y la alisina y curso abajo, abriéndose paso entre cañaverales y junqueras se despabilaba en un pedregal, convirtiéndose en grandes charcos que eran bebedero de animales y aves.
Los jóvenes aventureros pasados los primeros momentos de estupor bajaron al valle, cansados y sudorosos se despojaron de sus mochilas y se refrescaron en el riachuelo, gozando después a la sombra de los olmos y ya, más tranquilos almorzaron comentando con entusiasmo todo lo que habían contemplado desde arriba, enumerando alegremente toda la felicidad que habían vivido hasta ese momento. Se disponían a tumbarse un rato cuando una bandada de pájaros, de los muchos que anidaban por allí, se posó junto a ellos. Fue algo intuitivo, repentino. Arrebatados y veloces salieron tras la bandada diciendo:
—¡Vamos a cazarlos!
—Tratemos de coger alguno — dijo Pedro.
—Lo veo dificilísimo — dijo Luis.
Y así sucedía cuando llegaban cerca de ellos, remontaban el vuelo presurosamente.—Aunque sea muy difícil vamos a tratar de cazarlos — se dijeron.
Los pájaros participando en el juego que los chiquillos provocaron, volaban muy bajos, casi rozando sus cabezas y ellos se divertían gritando. —¡Coge ese rápido! ¡Mira que bajo viene! ¡Ahora…! —¡Casi lo he tocado!— decía uno de ellos.
Girando y manoteando sin parar trataban de coger alguno, claro está, sin conseguirlo. Por fin, cansados de tanto ajetreo se volcaron boca arriba sobre la yerba; los pájaros complacidos con ellos hacían piruetas subiendo y bajando sin cesar, animándolos a seguir. Los dos amigos los veían ir y venir expectantes y descuidados. De repente, uno de ellos, que debía ser muy joven, se rozó muy poquito, levemente con una rama y se desplomó a sus pies. Como halcones se lanzaron sobre él y lo apresaron. Emocionados, nerviosos, casi sin hablar, dijeron muy bajito— ¡Ya hemos cazado uno!
Se olvidaron de todo cuanto acontecía a su alrededor, del paisaje, del valle, de todo, incluso de sus madres. Ansiosos y alucinados en extremo, se lo pasaban del uno al otro con mucho cuidado y esmero; el avecilla se esforzaba afanosamente por liberarse pero ellos no la dejaban; resultaba una presa muy codiciada para su primer día de campo. Muy valiosa, extremadamente importante. Sucedió en un instante…, Algo inaudito y misterioso les acobardo. ¿Qué pasaba? ¿Qué estaba sucediendo? Notaban que palidecían y no eran dueños de si. ¿Qué fue de su alegría, su arranque de hacía unos minutos? No lo sabían, el miedo no les dejaba pensar. Un silencio de abismo había inundado todo el valle, la perplejidad y el temor seguía atenazándoles por todo lo que pasaba, los pájaros habían desaparecido, ni el más leve roce de las ramas se percibía, el riachuelo ya no bajaba alegremente como antes. Todo era un silencio vedado y sombrío. Ya no se oía como antes el son de las esquilas de las ovejas que pastaban en los arverjales del llano, el ladrido de los perros, ni las coplas de los labradores.
Luis y Pedro estaban despavoridos, aterrados y tenían miedo, mucho miedo.—¿No notas algo que está sucediendo? — dijo Luis con un hilillo de voz.
—Me parece que lo que estamos haciendo con la avecilla no está bien —contestó Pedro no sin temor. Se miraron levemente sintiéndose responsables de lo que sucedía. El prisionero había dejado de moverse y se le notaba muy triste.
—Tal vez no se encuentre bien del golpe y está cansado —dijo uno de ellos.
—Lo más seguro es que se acuerde de sus padres y eche de menos a sus amigos —respondió el otro.
Se sintieron culpables de su obra y empezaron a creer que no se comportaban bien. Sus madres se lo dijeron, ahora se acordaban muy bien. —No hacerse ni hacer daño. Y aquel pobre animalito estaba sufriendo. Acordaron dejarlo en libertad, levantaron sus brazos y soltaron al prisionero que voló feliz a lo alto de las ramas.
La tristeza que los invadió no duró mucho tiempo. Como si despertara de un letargo el valle volvía a la vida más espléndido y soberbio que antes. El lapso del terror, el miedo, había terminado. Bandadas de pájaros volaban a su alrededor seduciéndolos y provocándolos como si no hubiera pasado nada, rozándoles con delicadeza. Se posaban en sus cabezas y hombros y los picoteaban sin temor alguno. Los había de muchísimas clases, colores y tamaños – tórtolas, alondras, gorriones, pardillos, canarios, jilgueros, chorlitos, pájaras muñonas, palomas torcaces. Ya se cansaban de enumerarlas y con sus vuelos formaban un arco iris inenarrable. Cantaban sin pausa interpretando una sinfonía singular y única.
Allá arriba, por encima de la copa de los árboles, en lo más alto, los halcones, milanos, cernícalos y alimoches demostraban su superioridad y, sobre estos más alto aún destacaban como expresión, símbolo y jerarquía de todos ellos, las águilas reales, majestuosas y sublimes y llenas de dignidad y pompa. Lo que estaba sucediendo era algo imposible de olvidar en toda su vida, era un homenaje a la naturaleza.
V.-
La tarde se apagaba serena y la luz del crepúsculo se adueñaba de las hondonadas. Era hora de volver, se dijeron pensando en sus familias. Arriba en las crestas brillaba el sol del atardecer. Escalaron la senda sin decirse nada, volviendo la cabeza hacia el lugar de su aventura y siempre en silencio. La penumbra se hacía dueña del valle y los pájaros, sus amigos, poco a poco buscaban cobijo para pasar la noche. Caminaban aprisa para no disgustar a sus madres y, en el llano, sintieron revivir otra vez el trajín de la mañana. Los labradores volvían a sus hogares, comentando entre ellos como habían pasado el día, unos subidos en la yuntas y otros a pie, pero todos alegres camino de casa.
Por el atajo de la izquierda volvía también el rebaño de ovejas. Los pastores las dejaban caminar a su aire y las esquilas sonaban con más vigor, los perros retornaban todos juntos y ladrando menos que en la mañana, algo cansados. El perrillo mutilado caminaba al frente del rebaño, el primero de todos, ladrando alegremente y dando saltitos con su patita coja y seca, sintiéndose feliz.
Cuando volvían a casa, ya anochecido, el sol aún dejaba reflejos muy débiles, mortecinos, en lo alto del campanario de la iglesia. Como buenos compañeros volvían abrazados por los hombros y la mochila en la mano balanceándola. Se creían todo el día conquistadores. Sus madres preocupadas los vieron llegar por la misma esquina que doblaron por la mañana. Desbordadas, locas, corrieron hacia ellos abrazándolos hasta hacerlos daño, besándolos y colmándolos de caricias. Preguntaban mil cosas a la vez. ¿Cómo lo habéis pasado? ¿Os habéis divertido? A todo esto sin dejar de acariciarlos y mil y mil preguntas.
Cuando todo se calmó un poco y, una alegría maravillosa emanaba de sus ojos, contestaron— Lo hemos pasado muy bien y hemos estado en el valle de los pájaros.
Aquella noche durmieron como troncos y soñaron con tantos amigos que habían conocido en su primer día de campo… Volvieron varias veces, pero ya nunca fue como aquella, su primera aventura. Sin embargo, y después de muchos años aquel maravilloso sitio sigue llamándose y seguirá llamándose ¡EL VALLE DE LOS PÁJAROS!
Noblejas, Septiembre-Noviembre 2001.
Salvador Gironda Zamorano
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